El Duende


mushroom-bardLe llamaban de muchas maneras, El Enano, El Padre, El Characotel, El Fantasma, El duende; muchas personas lo vieron en su triste recorrido que iniciaba al doblar una esquina allá, entre las calles por donde tenía un sitio de potrero don Sarvelio Calderón, entre las casas de Don Chon Letona y don Filadelfo Calderón, por allí se veía aparecer en orientación de oriente a poniente del pueblo; en una de las ultimas cuadras, pasaba a media calle, para recorrer por un costado todo el cementerio de la localidad que estaba delimitado por grandes árboles de ciprés en una sola hilera, imperturbables y centenarios, que como guardianes de almas se apostaban allí a la orilla de la calle y que con sus sombras proyectadas por las noches de luna, hacían más tétrico su caminar al confundirse con ellas, regularmente a inicios de semana, a las dos o tres horas de la madrugada, antes de perderse entre los cafetales que comenzaban con la parte cultivable del monte; los perros al verlo en la distancia comenzaban con su triste aullido, y mientras se aproximaba, se alejaban solo para verlo pasar y quedarse temerosos rompiendo la tranquilidad de la noche con su triste lamento contagioso que al trasponer toda la ruta despoblada caía nuevamente a otros ranchos en el lado opuesto de la localidad en la ruta por los cafetales de Pachojilaj, donde comenzaba nuevamente el bullicio lastimero de los canes hasta perderse poco a poco en la distancia, desapareciendo por término de unos cuantos minutos hasta comenzar a escuchar su regreso por el mismo recorrido; algunos valerosos, salían escondidos a observarlo, por la oscuridad no lo identificaron nunca, medía cerca de un metro, extremadamente delgado, vestía, botas de hule melcochosas a falta de calcetines, pantalones harapientos de niño y de suéter un tacuche viejo de olvidado en el tiempo, que fácilmente le cubría hasta por debajo de las esqueléticas rodillas; con paso picado realizaba eventualmente su recorrido y quienes lo vieron decían que se perdía al voltear nuevamente la esquina con rumbo de norte a sur por donde había salido ignorándose su procedencia y su destino, puesto que a continuación los perros enmudecían en la distancia, mientras los luceros poco a poco languidecían al comenzar a clarear el alba.

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La situación fue real, puesto que la viví yo, cuando apenas contaba escasos ocho años, a medio sueño, a esas altas horas de la noche, era levantado de mi lecho, vestido de la manera relatada para desplazarme por la ruta marcada, con una sola finalidad, conseguir al otro lado de la población un trago de cusha en la casa de Chico Pablo (por donde hoy está el Hospital Mons. Gregorio Schaffer), para amansar la “goma alcohólica” que afrontaba mi padre, por la borrachera del día anterior.- ¡No hubo fantasmas!, ¡ni duendes!, ¡ni padres!, ¡ni aparecidos!, ¡ni nada!, si no únicamente una necesidad por la que amorosamente yo cumplía.

Por: Prof. Victor Leonel Alvarado

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Un comentario en “El Duende

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